Mañanitas de Gaviria

Terraza de Gaviria. Foto de fondos de la Kutxa.

                   

Todas las mañanas, alrededor de la una, había un encuentro informal de amigas en la terraza del Gaviria. En la Avenida, casi haciendo esquina con la calle Miramar. Era informal, pero no fallábamos. Allí nos encontrábamos con mil temas de conversación. No había crítica, no había murmuración… eso lo teníamos a gala. Había sus discusiones. Tocábamos el tema político y los puntos de vista diferían bastante: unas eran de Franco y otras en absoluto. Había un punto común en todas: “¡¡Hemos pasado tanto!!”. Era la huella de la guerra civil, todavía muy cercana.

Aquellos ratos de conversación con personas en las que podías confiar nos daban alas para todo el día. Compartiamos los problemas, las alegrías. Nos interesaba todo lo de todas. Se creó una amistad que mantenía unas a otras. Siempre he pensado que la guerra vivida en primera persona, cada una con sus circunstancias, nos había dado el don de hablar y escuchar.

Se ha podido juzgar como algo frívolo esa reunión diaria en la terraza de una cafetería. A la vuelta de los años, me doy cuenta de lo mucho que influyó en nuestras vidas y que ese tiempo fue una gran inversión en valores auténticos. Compartías la vida y nos necesitábamos. No suponía mucho rato, pero era lo suficiente. Incluso repercutía en la estabilidad familiar porque animaba las conversaciones que luego manteníamos en casa con maridos e hijos. Teníamos problemas, vivíamos con lo justo, la mayoría con familias numerosas, pero estábamos “esponjadas”.

Recuerdo que algunas veces se ampliaba el círculo con amigas que llegaban de otras ciudades y se admiraban de aquellos ratos tan sencillos, cordiales, irrepetibles. Lo intentaban hacer en su ciudad y no salía igual por la excusa del “hoy no puedo…”.

Sí que costaba esfuerzo algunos días, pero procurábamos encajar bien nuestros planes para no fallar. Lo esencial de aquel rato mañanero era la necesidad de nuestra amistad, tan sincera.

Chuchi Aguirrebengoa traía a una prima suya, una de las “cien mil Machimbarrenas”. Vivía entre Barcelona y Palma de Mallorca y cuando pasaba por San Sebastián, no fallaba. Le llamaba la atención esa tertulia nuestra y decía que para ella uno de los atractivos de San Sebastián era ese rato en Gaviria. Pero nunca pudo repetir en otros lugares. Otras amigas llegaron de Bilbao y tampoco allí pudieron repetirlo… Lo nuestro salió de forma muy natural y espontánea.

El camarero de Gaviria, Felix, nos guardaba la mesa colocando unos vasos con bicarbonato para que nadie la ocupara. Le queríamos mucho. Fue el primero que murió y todas las amigas asistimos juntas a una Misa para rezar por él.

Y aquí va la poesía escrita por Ana María Ganuza a los 94 años, evocando aquellas “Mañanitas de Gaviria”. La composición está elaborada por Myriam del Riego. 

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Un comentario en “Mañanitas de Gaviria

  1. paloma mansfield

    Que bonito poema sobre la amistad… Y aunque las tertulias dejen de existir por el paso del tiempo y las bajas que trae consigo, que importante es tener siempre una amiga “de las de siempre”. Yo tengo esa suerte.
    Me ha hecho mucha gracia la alusion a los versos de Munoz-Seca. No tenia una villa que se llamaba Toki-el-Timbre?
    Mi casa es Toki Enea acordandome de la de mi abuela en Guipuzcoa. Siempre pienso en esa casa como el luegar donde fui felicisima, felicisima.
    He pasado un buen rato leyendote y acordandome del Gaviria que yo tambien conoci.

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