Homenaje a Fleming

Leo en el número 184 de la revista Nuestro Tiempo, editada por la Universidad de Navarra un reportaje sobre “La ciencia conquista el futuro” que arranca con el recuerdo de Fleming: “El Doctor Fleming trabajaba sin descanso en el hospital Saint Mary de Londres cuando observó una masa verde azulada en la placa que estudiaba. Estupefacto comprobó cómo aquel hongo, el “penicillium notatum”, impedía la proliferación de los estafilococos a su alrededor, sin saberlo, había descubierto la penicilina. Desde entonces, su hallazgo ha evitado millones de muertes, al igual que el desarrollo de las vacunas o el descubrimiento del ADN. Hoy la Ciencia prosigue el mismo sendero, pero ¿qué otros hitos nos deparará el siglo XXI?”.

Francisco Javier Novo y Laura Juampérez, autores, del reportaje contestan al interesante interrogante.

A mí me sirve de pórtico para dar entrada al homenaje que San Sebastián ha dedicado al genial Fleming. A la altura de las circunstancias se le han dedicado el mejor lugar y lo han labrado las mejores manos.

Dejo testimonio gráfico de la estela, esculpida por Chillida, colocada en uno de los mejores enclaves de la bahía. Pequeña rotonda que invita a la contemplación y al recuerdo agradecido. Fleming, grande en su trabajo, San Sebastián, generoso en el recuerdo.

Mi madre conservó siempre un recuerdo muy personal e intransferible de este descubrimiento. Lo cuento con las mismas palabras con que me lo contó a mí, recordando a mi hermana mayor, Ana Mari, que murió el 3 de mayo de 1944:

“… mi hija, en la última fase de su enfermedad se contaba que venía un descubrimiento que curaba el reúma articular. Venía de Norteamérica y se le daba a una niña de Madrid que se llamaba Amparito Peinado. Y que era tan sumamente importante y tan caro, que aparte de lo que le ponían, extraían de la orina para poder reutilizarlo”. El primer ensayo en España fue con esta niña y un ingeniero coruñés, pero en ninguno de los dos casos dio resultado. Era marzo de 1944. En agosto de ese mismo años se logró el primer éxito español. La penicilina salvó la vida del gran médico Carlos Jiménez Díaz, que contrajo una fuerte infección. Le llegó, por gestión de sus discípulos a través del famoso “Chicote” de la Gran Vía madrileña.

Jamás olvidó mi madre esa noticia que en su momento dio un rayo de esperanza. Ni el nombre de la niña agraciada que iba a recibir el tratamiento.

Fue una gran admiradora de Fleming, aunque a ella no le llegara a tiempo. Y seguro que le hubiera gustado ver el homenaje que San Sebastián al cabo de los años le ha rendido.

 

Juan Carlos y Alfonsito

Los dos hermanos
Los dos hermanos

En la entrada anterior di voz a mi madre. Cuando lo hago su voz es auténtica, e incluso literal porque las grabaciones me han aportado sus palabras, expresiones, que han quedado transcritas tal como las escuché. Recuerdo su tono de voz, expresivo. Un poco teatral, por su afición al a las tablas, que ella misma confesaba.

Hoy aporto mis recuerdos, que van a renglón seguido. Tratan también del Palacio de Miramar, el de la Reina Cristina. El hermoso edificio, propiedad de la familia real, posteriomente pasó a ser patrimonio del Ayuntamiento de San Sebastián;  donostiarras y foráneos paseamos por los jardines y hacemos unas fotografías que unen paisaje de mar y monte con prestancia real.

Me asomo a la década de los años cincuenta del pasado siglo XX. Miramar todavía pertenecía a los borbones y se eligió como lugar de educación de infantes. Los protagonistas eran Juan Carlos y Alfonsito, hijos del Conde de Barcelona, Don Juan y de Doña Mercedes Borbón. Dos veces llevaban los chicos el apellido Borbón. Los padres vivían en Estoril, pero para ellos se elegía una educación especial y española. Aquello tenía el precio de vivir lejos de la propia familia, en una situación compleja y difícil para aquellos dos adolescentes, que eso sí, se apoyaban uno al otro y ejercían bien su papel de hermano mayor y pequeño.

Juan Carlos y Alfonsito en aquellos años, formaban parte de la “geografía” donostiarra; estudiaban con unos cuantos chicos de su edad, elegidos entre las familias monárquicas, afines a Don Juan.

Y aquí quiero aclarar que, aunque escriba estos recuerdos, jamás he tenido una ideología monárquica, según esa usanza. Respeto la institución y puede ser que la considere, la “menos mala”, porque si tanto cuesta elegir a un Presidente de la nación, no sé qué pasaría eligiendo al Presidente de la posible República. Todo queda en opinión, en principio no me parece mal que nos venga dado y que se asegure un mínimo de educación, de presencia y de saber estar. No me parece poco lo que pido.

Alfonsito era de mi quinta, por eso le tenía especial simpatía. Nacimos el mismo año con aproximadamente mes y medio de diferencia. Era un chico natural, simpático, espontáneo. Juan Carlos más serio y reservado. Se les veía en la playa, en el cine, en paseos, en las iglesias… Muchas veces comentábamos: “En el Novedades estaban los infantes”. Algo muy normal en aquellos años, entre 1950 y 1956.

Se contaban anécdotas, como el día que se bañaron en calzoncillos en el Pico del loro. O cuando arrancó el tren que los llevaba de vacaciones y Alfonsito gritó desolado: ¡¡Nos dejamos los bombones!!. En aquella época frecuentábamos la Hípica; los estudiantes de Miramar tenían clase un rato antes que el resto de los niños y se me quedó  grabada la escena de Alfonsito rodando por el suelo en una espectacular caída y el gesto de Juan Carlos que adelantándose a profesores y alumnos se bajó del caballo para ayudar a su hermano. Tenía prestancia y señorío, llevaba la responsabilidad de representar la Corona, cuando la Corona no existía en España. Alfonsito se sentía más libre, menos obligado y además él era “el hijo pequeño”, muy especialmente querido.

No entro en los detalles de la muerte de Alfonsito. Sí en mi desolación. Fue un día de Jueves Santo, 29 de marzo de 1956. Teníamos 14 años. En aquella época las noticias llegaban por la radio o prensa. Ese día leí la noticia en el periódico; venía en primera página. No lo podía creer. Tuve que constatarlo varias veces antes de ir al cuarto de baño donde se peinaba con parsimonia una de mis hermanas, “!!Se ha muerto Alfonsito!!”. Ella me dijo: ¡No, no, lee bien, será algún Alfonso de la familia…”, “Qué no, mira es él”. No cabía duda.

La impresión fue fuerte porque hay una edad en la que ves morir a otros que están en otro bando, no en tu propia fila. Sabes bien lo que es la muerte pero no la identificas con tu propia persona. Alfonsito tenía mis años. Era un chico despierto, lleno de vida, con mucha gracia. Simpático.

Al día siguiente lloré cuando oí por la radio que se había llevado arena de la Concha para enterrar a un Infante español. Poco antes Alfonsito jugaba en nuestra playa.

Estos son mis recuerdos a distancia. Pero, ¿qué pasaría en Villa Giralda de puertas adentro?. Solo cabe respetar el dolor. Todo tipo de reacciones pueden darse en el momento de una tragedia y después queda un dolor profundo en el corazón de por vida. Nunca se olvida a un hijo, a un hermano, a un gran amigo.

Comprendo a Don Juan, enloquecido por la muerte de su hijo pequeño; a Doña Mercedes, que en sus memorias narra este instante crucial y llegó a enfermar seriamente. Comprendo a su hermano, actual Rey de España. Cuentan que su temperamento “borbón” -indudable en él- sufrió una fuerte sacudida y manifestó a partir de entonces  un carácter más cerrado y solitario.

Sí, hay una gran soledad en el Rey, porque él solo ha afrontado la trayectoria de una vida, muy impuesta por circunstancias que podía haber evadido, para realizar,-como todos queremos- “mi vida, la que elijo, la que quiero”. Él no ha sabido de eso ni de niño.

La vida se impone, pero las heridas del alma son difíciles de curar y reverdecen, incluso en las etapas más avanzadas de la vida. Cuando en la intimidad de tu alma haces balance de días, años… Y viene a tu memoria un instante fugaz que quisieras que nunca hubiera existido.

Cuántas reacciones y comportamientos, tienen una causa íntima, profunda que, aunque el paso del tiempo atemperen, en cualquier momento vuelven a aflorar. No caigamos en la frivolidad de amañar vidas ajenas, envolviéndolas en comentarios, pareceres, “me lo han contado así…”

Dios sabe más de nosotros que nosotros mismos; felizmente El juzga.

Fotografía