El toldo de la playa

TOLDOS¿Cómo no recordarlos en pleno mes de julio?. Los toldos de la playa eran -siguen siendo- punto de encuentro. Nosotros lo compartíamos con los primos. En la playa de Ondarreta, el toldo número 13 de la segunda fila. Cada año había que renovar el contrato. Recuerdo a mi madre hablando por teléfono con una de mis tías:

-Ha llegado el recibo del toldo. Te interesará como todos los años. Por supuesto que interesaba. Esto podía ser en primavera. Y los primeros días de verano allí nos encontrábamos.

El toldo era tu parcela de playa: dejabas la ropa. Los niños todo su equipo de cubo, pala, moldes… Un poco más mayores las niñas jugábamos “al clavo”.(consistía en clavar un clavo en la arena haciendo pequeñas acrobacias con los dedos) Ya adolescentes paseos para encontrarnos unos y otros. Allí se hacían los planes para la tarde. Tardes de verano que son otro capítulo lleno de maravilla. Cuántos paisajes recorridos, cuánta amistad compartida.

Los vecinos de toldo eran los mismos, año tras año; unas cuantas amigas de mi madre, en fila cercana, adquirían un magnífico moreno. En esto mi madre no se unía a ellas; bajaba a la playa muy de vez en cuando. Todo el mundo utilizaba la crema Nivea de caja azul. No sé si había otra. Por supuesto el término “protección solar” no existía.

En el toldo de la playa es donde más traté a mis primos Ganuza. Mercedes, a la que he dedicado una entrada en el blog. Y Javier y José Luis Ganuza Cortina, algo más pequeños que nosotras. Recuerdo la insistencia victoriosa de Javier por conseguir el paquete de patatas fritas. ¡Lo conseguía! Venían envueltas en un inconfundible papel amarillo. Muy crujientes. Entonces era producto de playa y tenía un particular sabor y encanto.

Las olas se rompían en nuestros pequeños cuerpos y rodábamos como croquetas. En pleno verano el Cantábrico comprendía a los niños.

Acertó Yoldi poniendo su gabarrón con clases de natación. Un poco adentrado en el mar. Un motorcillo llevaba y traía al personal.

De vez en cuando un susurro recorría la playa, un vientecillo que tomaba fuerza: “¡galerna, galerna!” Todos a una corriendo. Efectivamente la arena azotaba con furia y había que protegerse. Se acababa la mañana de playa.

Recuerdos donostiarras. En junio he tenido oportunidad de estar un día con mis primos Ganuzas: la casa de Mercedes en Erreguenea. Allí me he encontrado con Rafa, su marido y  su hijo Miguel, casado con Milena, simpática y guapa brasileira. Comida contemplando el mar, y hablando, hablando… recuerdos familiares y proyectos de futuro. Nos faltaba Irene que vive en Londres.

La tarde con los dos Ganuza Cortina: Javier se estrena de abuelo y conocí a un Gonzalo lleno de encanto, en brazos de sus padres María y Roberto. José Luis y su mujer Isabel me enseñan las fotos de sus doce hijos. Bonita decoración del pasillo. Abundan los niños, hasta treinta y un nietos. Dos hijos, jovencísimos sacerdotes. Me invitan a una entrañable merienda/cena y también hablamos y hablamos. Nos interesa todo de todos.

¡Qué bueno es que la familia se prolongue y el árbol se llene de ramas y ramas. Hermanos, primos, tíos sobrinos, nietos… ¡Maravillosa extensión!

Los toldos de la playa siguen brindando su sombra protectora.

A1-44404164.JPG
Toldos actuales sin abrir, en La Concha (Diario Vasco)

Peinados infantiles

retrato-myriam-nic2a6a1-e1498473945334Clásicos retratos de la época; esta vez no fue Willy Koch; no recuerdo ni el fotógrafo ni el momento. Tal vez alguna de mis hermanas pueda añadir algún dato que será bienvenido. Estamos las tres muy repeinadas. Pilarín con su inconfundible flequillo. Yo con los tirabuzones trabajados por el ama Áurea y Myriam con profunda mirada ya preadolescente. En esta sesión de fotos no estuvo mi hermana Malén, se le debió considerar ya mayor.
Se nota la mano materna en la joyita que nos puso a cada una. Siempre se reservaba ella ese toque final.
Peinar a las niñas era un todo un rito, para nosotras bastante insufrible, pero luego nos gustaba vernos compuestas con nuestros rizos.
Los hermanos -en cada familia- se unen en estos recuerdos que  gusta compartir; forman parte de la identidad familiar, de la familia de origen en la nos hicimos personas. ¡Qué importantes son los hermanos!. A pesar de las distancias y diferencias se cuenta con ellos a lo largo de la vida y hay que saber mantener el trato con cada uno y  el rescoldo familiar.

Aquí va una canción popular sobre peinados infantiles:

 

Torres de Arbide

Postal antigua,con letra de mi madre está indicado su emplazamiento en Fueros.
Postal antigua, con letra de mi madre está indicado su emplazamiento en Fueros.

Fueron nuestras vecinas más próximas durante mi infancia. Desde el mirador del cuarto de mis padres, a la izquierda, se levantaban dando un irreal aire de ensueño, Sus siluetas nos resultaban familiares.

Mi madre las vio toda su vida porque de niña vivió también muy próxima a ellas, en la calle Echaide.

Las torres de Arbide resistieron los intereses inmobiliarios y no fueron demolidas, cuando los herederos de la propietaria -Rosa Zubeldía- las pusieron en venta. Actualmente están en el Parque de Miramón. Doy mi enhorabuena a la iniciativa de la Caja de Ahorros Municipal (¡felices Cajas de Ahorros que tan bien empleaban nuestro dinero!), idea que fue costosa. Al verlas por primera vez en su nuevo emplazamiento me pareció que habían perdido parte de su magia, cuando emergían en la esquina de un paseo de la ciudad con su misterioso estilo modernista.

Navegando por internet encontré hace relativamente poco un foro en el que se debatía sobre su ubicación anterior a la actual. Yo podía dar testimonio de haber sido vecina durante toda mi infancia y me parecía mentira que en un tiempo relativamente breve se hubiera perdido su memoria. En internet he encontrado un vídeo donde de forma concisa se cuenta la historia y se ven los dos emplazamientos de las Torres, construidas a principios del siglo XX por Sagnier, arquitecto catalán.

Las torres de Arbide, en su primer emplazamiento, contribuyeron al paisaje tan singular del Paseo de los Fueros, que influyó en mi fantasía. Era un marco de posibles novelas belle èpoque y que, sin embargo, cobraba vida con los juegos de los niños, las idas y venidas a la Estación del Norte, los puestos de castañeras y los carritos de helados.

Vídeo

De nuevo Willy Koch: Paloma

.Mi fotografia, de Willy Koch: rubia entonces, gordita entonces, sonriente entonces... y ahora también, gracias a Dios.
Mi fotografia, de Willy Koch: rubia entonces, gordita entonces, sonriente entonces… y ahora también, gracias a Dios.

Paloma Mansfield ha conectado con memorias donostiarras desde California. Ella también guarda unas bellas memorias de esta tierra. Agradezco de corazón sus comentarios que, por ser personales, están llenos de viveza y cercanía.

Le he pedido colaboración y me ha enviado una foto del ya nombrado varias veces en este blog: ¡Willy Koch! El fotógrafo alemán/donostiarra. Hago aquí un enlace que da a conocer algo de esta saga familiar de fotógrafos. En 2010 hubo una exposición en Donosti, ¡lástima no haberlo sabido! Yo hubiera ido a verla.

Paloma residía en Aretxabaleta, Desde allí se acercaba a San Sebastián dónde vivían tíos y primos; de esas estancias  guarda unas vivencias impregnadas de olor y sabor  marino. Cito algunos de sus comentarios:

“¡Qué bonito lo que dices del Cantábrico cantando su rumor! Parece que lo oigo. Y el olorcito a yodo. Algo que me extrañó mucho al llegar a California fue el no percibir ese aroma de mar que cuando ibas por Lasarte ya te impregnaba”.

 Yo recuerdo las sardinas a la parrilla…¡Cómo me gustaría comerlas otra vez! Sí, era una visita obligada aquello de ir al puerto y lo de obligada no es buena expresión… era no querer dejar de hacerla”.

Es bonito compartir y no olvidar lo bueno que trae la vida. Porque el fondo es todo un entramado familiar con su propio olor y sabor, inconfundible. De una forma divertida lo expresa Paloma:

Estoy convencida de que ser feliz de joven es como la joroba de los dromedarios, que sostiene y surte de fortaleza para las “lides” que esperan más tarde en la vida…”

¡Gracias Paloma!

Estamos todos

En casa de mi madre estamos todos. Abundan las fotos en mesas, estanterías, paredes… Todos los lugares son buenos. Nos encontramos unidos en distintos momentos de nuestra vida. Y cuando llega a la familia alguien nuevo, encuentra su sitio.También està muy presente  la gran familia: tíos, primos y, por supuesto, abuelos.

No faltan fotos de infancia, aquellas que hacía mi padre, con su cámara, ahora vintage.

Memorias familiares que dicen mucho. En la familia todos cuentan y cada uno ocupa su lugar donde està muy a gusto.

Empezó mi madre, pero la tradición no se pierde.

Cien años de una foto

capota02En este mes de agosto se cumplen cien años del día en que el famoso fotógrafo alemán/donostiarra, Willy Koch hizo esta foto a una niña de diez años: Ana Mari Ganuza, mi madre.

La traigo como homenaje a la que hace hoy 75 años me trajo al mundo. No me importa decirlo porque la verdad es clara, gozosa, atractiva. Y así son también las etapas de la vida.

No vuelvo a contar la historia de esta foto porque lo hice ya en una de las primeras entradas al blog. Aquí está (clik).

Sólo me queda dar gracias a Dios, a mi padre y a mi madre.

Titánic español: hoy, cien años

fotografía familia naufragio0001

Hace tiempo di una entrada en este blog a la historia del hundimiento del vapor “Príncipe de Asturias”. Versión española del famoso Titánic.

Las cifras redondas llevan a rememorar los hechos. Hoy invito a entrar de nuevo en aquellos recuerdos que mi madre conservó siempre, con firme lealtad a su amistad infantil.

Ella fue cronista del suceso. Una primera versión infantil escrita en 1917, cuando  tenía 11 años; y otra segunda versión ya en la recta final de su vida, en la década de los ochenta.  Jamás olvidó los nombres de aquella familia Aguirre/Zuriarraín, que perdió la vida cerca de la costa argentina. En su crónica infantil los nombra uno a uno: “Los niños se llamaban Manuel, Maria Luisa, Asun y Carmenchu, yo los quería muchísimo”. Y añade: “pongo estos detalles para acordarme siempre”.  Se hace realidad, ahora que se cumplen cien años. También dejó constancia de los nombres de los padres:  Marcial y Segunda; y el de las dos empleadas de la casa que viajaron con ellos: Benita y Rosa.

No olvidar los nombres significa recordar siempre a las personas. Por eso hoy, cumplidos cien años, traigo como protagonistas a Marcial, Segunda, Manuel, María Luisa, Asun, Carmenchu, Benita y Rosa. Son los ocho que aparecen en esta fotografía que poco antes de partir dejaron en casa de mi madre y que, envejecida por los años, ella guardó entre sus cosas queridas, junto con una caracola, regalo de Manuel en su despedida.