Un acomodador y un grumete…

Nacimiento

         Escribo en plena Navidad. Esencialmente celebramos que el mismo Hijo de Dios en un lugar y en una fecha concretas, entró en nuestras coordenadas humanas de espacio y tiempo y asumió nuestra pobreza.

El Evangelio nos cuenta de forma breve: “… dio a luz a su Hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón”. (San Lucas 2,7).

Así fue el acontecimiento. De ahí que la Doctrina Social de la Iglesia no sea un suplemento añadido a la fe, sino que emerge de ella. Es enseñanza de siempre de la Iglesia Católica que en los últimos siglos ha cristalizado en documentos ricos en sustancia, pero tal vez desconocidos por lo menos para lo que llamamos gran público o el “público de los medios”.

Yo tengo un recuerdo infantil que entra de lleno en mis Memorias Donostiarras, con auténtica veracidad, valga la redundancia.

Con frecuencia oía decir a mi madre: “voy a la Conferencia”… “vengo de la Conferencia”.

Para mí esa palabra tenía un significado inconcreto, pero relacionado con un ambiente de pobreza. Mi madre no solía contar más cosas…  La conferencia era para mí algo que llegó a ser habitual, aunque no alcanzaba su significado.

Más tarde he sabido que se trataba de las Conferencias de San Vicente. Una organización católica con  identidad definida: laical y dirigida a remediar necesidades sociales apremiantes. Fundada en París por un grupo de estudiantes, entre ellos destacó Antonio Federico Ozanam que llegó a ser profesor de la Sorbona, casado y padre de familia fue beatificado por Juan Pablo II, el 22 de agosto de 1997,  en la Catedral de Notre Dame dentro de los actos de la Jornada mundial de la Juventud que se celebró en París. En su homilía dijo el Papa que él mismo siendo estudiante había formado parte de las Conferencias en su tierra polaca.

En España las Conferencias de San Vicente entraron por medio  del músico Santiago Masarnou. Se extendieron con rapidez. Estoy hablando del siglo XIX, pero actualmente están en todas las Autonomías.

Conferencias se llaman a los grupos de oración y trabajo. Se agrupan un buen número de personas que ahora llamamos “voluntarios de ONG”. Entonces no existían en la vida civil, pero en la Iglesia era una realidad muy extendida. En concreto las Conferencias de San Vicente paliaban la pobreza de los más necesitados en un clima de cercanía familiar.

Mi madre era una de esas “voluntarias”, decididas, que con una buena dosis de generosidad daba su tiempo para atender las necesidades ajenas, aunque en  aquel momento la mayoría de la gente que participaba tenía lo justo para vivir dignamente y apenas se utlizaba la palabra “consumo” porque consumíamos lo mínimo.

Con el tiempo mi madre me ilustró lo que eran aquellas Conferencias de San Vicente con dos relatos pintorescos.

Visitaban a familias en situaciones difíciles ayudándoles a resolver algún problema. Las relaciones sociales de mi madre en San Sebastián eran muy extensas y le servían para estas tareas. Iban siempre dos personas. Mi madre con su amiga Loren Oyarbide. Le dejo contar a ella:

-Un padre de familia nos contó sus problemas económicos. Tenía un trabajo reducido, pero  con derecho a vivienda. “Necesitaría algo por las tardes. Esto no lo puedo dejar porque me dan casa. Por ejemplo me vendría muy bien ser acomodador de cine…”

Loren y yo nos reíamos al volver pensando en nuestras posibilidades para ese trabajo. Pero a los pocos días, una amiga me dice: “¿sabes se abre un cine nuevo cerca de tu casa. Se va a llamar “Actualidades”.  Y Asunción -otra amiga común- está al frente de elección de personal”.

No me lo podía creer.  Hablé con Asun:

-Tengo un acomodador  para el cine…

-Sí, ¡pero me viene tanta gente..!

A los pocos días me llama:

-He dejado ese puesto en blanco y lo he reservado para el que tú conoces.

Me eché a la calle a la mayor velocidad. No era día de Conferencias, pero me salté las reglas habituales. Llegué a la casa y le di mi tarjeta para que fuera a la entrevista: “Por favor, muy bien arreglado, tienes que dar muy buena impresión… Y ofrécete para todo lo que te pidan: electricidad, calefacción… lo que haga falta.  Luego me dices el resultado”

Al poco tiempo me llama eufórico:

-Señora, no lo puedo creer, me han dicho que vaya mañana a tomarme medida para los uniformes.

Igual de sorprendida se quedó Loren cuando le conté mi aventura. Allí estuvo el acomodador el resto de su vida laboral. Del cine “Actualidades” pasó al “Novelty” Con toda su alma nos buscaba sitio con su linterna a los de la familia.

Otro caso fue un chico que la familia no hacía carrera con él… No era malo, pero sólo le gustaba el mar… el mar.  Iba al Puerto de  Pasajes a pintar barcos. Era su ambiente.

Se me ocurrió decirle a su madre. “¿A su hijo no le gustaría ser grumete?”.  Salían barcos a la pesca del bacalao a Islandia. Una vida dura, pero buena para chicos jóvenes. Ganaban su jornal y se acostumbraban a la disciplina del trabajo. La madre no veía posible conseguirlo.

Llamé al marido de una amiga,  Perico Espada, que trabajaba en negocios de pesca. Siempre me ha dado más resultado acudir en directo a los hombres para pedir favores.

Me dijo honradamente : “Yo de eso no me ocupo, pero voy hablar con el jefe de personal”. Todo salió bien. Pues, ¡qué se fue  el chico por el bacalao de grumete! Estaba feliz.  Después de grumete pasó a ser marino. No supe más de él.  En su casa estaban agradecidos y descansadísimos.

Fui muchos años a la Conferencia. No todo era dar, se aprendían muchas cosas y, sobre todo, tenías posibilidad de abrir horizontes.

¡Cuántos relatos se podrán contar de las Conferencias de San Vicente! Una continua Navidad de amar con obras.