Mi Segunda Comunión

M4LQBZJHice la Primera Comunión un 6 de mayo en el Colegio del Sagrado Corazón (Miraconcha). Era el día de la Ascensión y fue muy feliz.

Pero guardo otro imborrable recuerdo que he conservado toda la vida. Al día siguiente  mi madre me dijo que iba a ir a comulgar con ella.

Me llevó a Misa y me hizo una ilusión enorme acercarme por primera vez a comulgar con todo el mundo. Nadie me miraba como el día anterior; estrenaba lo que ya iba a ser para siempre.

Cuando volvimos al banco mi madre me empezó a decir bajito la oración de Acción de gracias que venía en los Misales con el título “Aspiraciones de San Ignacio”; luego me he enterado de que el autor no fue el Santo, pero que las recoge en su libro “Ejercicios espirituales” porque le gustaban. Son verdaderamente bonitas y ahora se cantan.

Animo a las madres a llevar a sus hijos “a la segunda Comunión”. Lo verdaderamente importante es, no sólo comenzar, sino seguir para siempre. Frecuentábamos la Iglesia de los Capuchinos de Oquendo, por eso para mí es un recuerdo muy donostiarra.

He encontrado dos enlaces de la oración cantada en castellano y en latín.

Saludos

SC20151121_111932Estamos en pleno mes de junio, que la Iglesia tradicionalmente dedica al Sagrado Corazón.

      Devoción muy arraigada en mi madre y en mi familia. Nuestro colegio fue el del Sagrado Corazón, fundación francesa de Santa Magdalena Sofía Barat. Cuatro hermanas de mi madre fueron religiosas de esta Orden.

         Pero hoy quiero hablar de la devoción de mi madre. En nuestra casa, en un lugar muy, muy preferente estaba la imagen que ilustra esta entrada. Recuerdo que mi madre siempre que salía y entraba de casa le saludaba. Incluso cuando venía con multitud de paquetes, porque había hecho la compra, iba, con ellos en la mano, al salón y lo saludaba. Igual al salir a la calle. A veces llegaba a la puerta y decía: “No me he despedido del Sagrado Corazón” Y volvía para atrás.

         Era un saludo muy rápido, desde la puerta, pero me ha dejado este bonito recuerdo. Era su forma cotidiana de contar con Dios. Mi madre nunca acumuló devociones, pero las que tenía eran muy sinceras y las vivía abiertamente, sin ningún respeto humano.

         La imagen está ahora en Málaga, donde ella vivió y vive ahora mi hermana Myriam. La última vez que fui le hice una foto, mientras me venían a la mente todos estos recuerdos, familiares y donostiarras

         Este año 2016 está especialmente dedicado al Jubileo de la Misericordia, por deseo del Papa Francisco. No está de más traer al presente estos recuerdos.

Koruko Ama

 

MANTOS DE VIRGEN 21.jpg

 

Hoy es la Virgen del Coro, Patrona de la ciudad. Su imagen -chiquita y bonita- está en la Iglesia de Santa María, al fondo de la calle   Mayor de la Parte Vieja. Es muy significativo que de frente, aunque atravesando unas cuantas calles esté la catedral del Buen Pastor. El Hijo y la Madre se miran.

La Virgen del Coro es muy venerada. Muchas mujeres llevan su nombre. Y, sobre todo, recibe el homenaje de la oración y el canto. Los numerosos coros de la ciudad se hacen presentes en su Novena y a todos los donostiarras nos gusta oír el precioso Agur Jesusen Ama. Un canto de despedida a la Madre de Jesús y Madre nuestra.  Puedes recrearte oyéndolo en el enlace.

Y en este otro enlace tienes la letra en euskera y traducida.

GUERRA DEL 14, guerra de mi infancia

Pacífico paisaje de Chillida-Leku. Foto de mi sobrina Amaia
Pacífico paisaje de Chillida-Leku. Foto de mi sobrina Amaia

La primera guerra mundial -la grand guèrre- se declaró el 28 de julio de 1914 y duró hasta el 11 de noviembre de 1918. Cuando estalló tenía yo ocho años. Suficientes para observar y darme cuenta, por eso puedo contar ahora mis recuerdos infantiles, en los que tantas cosas se mezclan.

 España no entró en el conflicto, pero aunque no lo sufriéramos en primera persona, lo seguíamos intensamente. Aprendí el horror de la guerra, sin sufrirla y participé en victoras y derrotas.

 Poco antes de estallar la guerra se rompió una pieza del ascensor de mi casa; estuvo a punto de ocurrir una catástrofe porque se vino abajo. Todavía había muy pocos ascensores en San Sebastián y tenía un  motor de agua, que daba la energía para poder subir estirando con una cuerda. La capacidad era de cuatro personas y subía muy lento haciendo un ruido muy característico, “ta-ta”.  Aquel motor un día se estropeó y estuvo a punto de ocurrir una catástrofe porque se vino abajo. Decidieron cambiarlo por uno electrico pero, por ser de importación, hubo que pedirlo a Alemania. Llegó a Hendaya justo cuando estalló la guerra, se cerraron las fronteras y quedó retenido. Estuvimos sin ascensor todos los años que duró la guerra. La gran sorpresa fue que al día siguiente de firmarse el armisticio lo trajeron.

Es un detalle indicativo de la paralización que supone una guerra. España no entró en el conflicto, pero la influencia en la opinión pública, en las conversaciones familiares nos hacía a los niños testigos de aquello tremendo que estaba pasando y escuchábamos la disparidad de opiniones entre unos y otros, hasta que nosotros mismos forjábamos nuestra opinión personal, de acuerdo con las imágenes que revoloteaban en nuestra imaginación.

En san Sebastián las noticias se daban en un pequeño telegrama que aparecía junto a la sede del Diario Vasco, en la calle Garibay. Desde 1912 se instaló en el mismo edificio el salón de Cine Novedades, muy popular en la ciudad y empezamos a hablar del “Telegrama del Novedades”. No había otra manera de comunicar noticias rápidas. Aparecía un telegrama escueto y todo el mundo se agolpaba a leer. La mayor parte de las noticias eran muy trágicas. Cuando veíamos gente por aquella zona corríamos: “¿Ha ocurrido algo…?”

Así recibimos la noticia de que había estallado la guerra europea, sin más detalles. Luego, a última hora de la tarde había chiquillos a los que pagarían unos 10 cts. que corrían por la calle: “El telégrama, el telégrama, el telégrama (se decía con acento) de hoy: “Las tropas alemanas avanzan a Bélgica”… “Va salir el cañón del 42”. Un cañón que también se llamó La gran Berta.

No sé si he hablado de Mademoiselle Lucie Biarrot, una francesa jovencita que, además de enseñarme un maravilloso francés, era mi constante compañía. A ella le debo mi tendencia francófila que he conservado toda la vida. También jugó un papel importante mi madrina, tía Anita, que junto a su identidad vasca, bien definida, admiraba todo lo que fuera francés y convertía el conflicto con su imaginación desbordante en una aventura fantástica.

 Cuando se declaró la guerra, mi padre habló con los padres de Mlle. Lucie por si querían que volviera a Francia. Decidieron que estaba mejor en España. Efectivamente fue la mejor decisión, pero se comprende su tremenda inquietud por los acontecimientos. San Sebastián se llenó de jóvenes francesas que huían de su país y trabajaban con familias. Con bastante frecuencia se reunían en casa del Consul francés que les daba noticias, les animaba y siempre terminaban cantando un himno a Santa Juana de Arco que yo aprendí y todavía lo puedo cantar: “Vive Jeanne, vive la France” La mujer del Consul nos regalaba un galleta a cadaniño. Eran malísimas, pero, nos parecían una maravilla, las mejores.

 En el Paseo de la Concha, bajo los tamarindos, tenían costumbre de pasear los hombres. Se sentaban y con sus bastones -todos lo llevaban- hacían el proyecto de la guerra, según les iban llegando noticias: los alemanes avanzan por aquí y los franceses… Estaba La Concha llena de proyectos de guerra.

 Rezábamos, como he dejado escrito en un relato anterior, por el fin de la guerra. Vivíamos intensamente el clima mundial.  ¡Cuánto hemos rezado en el siglo XX por la paz!

 Anteriormente –en la Guerra Franco-Prusiana- los alemanes se habían hecho con Alsacia y Lorena. Terminó aquella guerra y vino la Bèlle époque…. con un magnífico resurgimiento de la cultura y el arte. En Francia se desarrolló un fuerte sentimiento patriótico; cantaban en francés:

Nos habréis cogido Alsacia y Lorena

pero a pesar de todo seguiremos siendo franceses

habréis podido germanizar la tierra

pero nuestro corazón no lo habéis germinazado nunca.

Durante la guerra recuerdo a Poincaré como Jefe de gobierno. Admiré a Petain, que tenía que haber terminado allí su brillante carrera militar, ¡¡vencedor en Verdun!!, sin involucrarse en la segunda guerra mundial donde perdió un prestigio justamente ganado.

En un libro que yo he leído muchas veces “Le gens de Mogador”, escrito por Elisabeth Barbier,  se describe esa época. Son varios volúmenes, parecidos a las series televisivas de ahora. Cada volumen lleva un nombre de mujer: Julie: describe la guerra franco-prusiana; Ludivine, la guerra del 14. Dominique en la época de la guerra civil española.

Con la Primera Guerra Mundial se introdujo la mujer en el campo del trabajo. En Francia conducían los tranvías y los pequeños carruajes que había entonces. Trabajaban en las fábricas. Y con eso vino la gran revolución en la moda. Las faldas que se llevaban hasta el suelo se acortaron mucho. Y hasta hubo intento de introducir el pantalón, pero aquello no prosperó. En Francia empezaron a llevar lo que llamaban juppe/culotte (falda pantalón). Pero el pantalón no prosperó hasta muy avanzada la segunda guerra. La moda cambió del todo. Recuerdo a mis hermanas con las faldas hasta el suelo; eso desapareció. Incluso la forma del cuerpo: se puso de moda la gente estilizada. Del antiguo estilo tipo Rubens pasamos, a partir de la guerra del 14, a la moda de la esbeltez. Por ejemplo en la película “Lo que el viento se llevó” aparece Scarlate con una negra poniéndole un corsé para hacerle la forma que gustaba antes. Todo cambió en la guerra del 14.

De la Bèlle Époque a las Torres Gemelas

Así eran las Torres Gemelas

El día 11 de septiembre del 2001 yo era una más de los millones de telespectadores que a las tres de la tarde estábamos pendientes del telediario. Una más, y a la vez distinta, porque desde hace años me faltan la vista y el oído. Para defenderme suplo la vista con una fuerte imaginación, y he cultivado la memoria. Eso me permite retener imágenes e ideas en la cabeza para pensar.

Después de comer, con los cascos inalámbricos, me quedo sola, frente a la televisión mientras el resto de la familia come en casa de mi hija mayor que vive en el piso de abajo. Tengo que reconocer que me encantan estos momentos de calma. La soledad no me asusta, la considero en muchos momentos necesaria.

Pero ese día 11 de septiembre sentí angustia. Las noticias, dentro de la confusión, tenían un tinte dramático. La falta de vista hace detectar con precisión los registros de voz:

-Ha caído una torre de Manhattan ¡Se descarta que sea atentado!

Pensé: Si se descarta, ¡hay que temerlo! ¿Qué era aquello? Me incorporé en la butaca y apreté los cascos.

-Otro avión vuela por el Cielo de Nueva York. Le hacen indicaciones y no hace caso. Se dirige a la otra torre… ¡Está viniéndose abajo!

Los que podían ver, lo tenían delante. Yo lo oía y en un momento reviví todas las guerras vividas. Me vino a los labios una oración que salía de no sé qué registro de mi memoria.

“…Así como al grito suplicante del Apóstol Pedro, “sálvadnos, Señor, que perecemos”, respondisteis piadoso, calmando la tempestad del mar, así ahora oíd nuestras suplicantes oraciones. Piedad de tantas madres privadas de sus hijos. Piedad de tantas familias privadas de sus jefes. Piedad de esta desgraciada Europa sobre la que sobrevienen tantas ruinas. Inspirad a los gobernantes y a los pueblos sentimientos de compasión…”

Me vi al lado de mi primo Ignacio, apenas cumplidos los siete años. Vivíamos nuestra primera experiencia de guerra. Desde 1914 hasta 1918, se rezó esta oración en todas las iglesias. Recuerdo el acento vasco del hermano Elícegui en los Jesuitas de San Sebastián. Ibamos los dos con mi tía Anita Lardizábal, madre de Ignacio y madrina mía. De camino hablábamos entre nosotros: “¿Habrá sermón hoy?”, porque la función -como entonces se decía- era siempre igual e incluía la oración por la guerra. El sermón, sin embargo, era facultativo y nosotros no sabíamos a qué se debía.

Seguía el sobresalto en la tele. Me asombraba recordar la oración. No bastaba rezar por Europa. La amenaza era para el mundo.

La tarde del 11 de septiembre de 2001 quedó marcada por las noticias de la televisión, por las imágenes que sin ver imaginaba, por el terrible desafío a un mundo que se creía libre.

Yo, desde la angustia del presente, volvía a mi belle époque, al trance en que empezamos a perder esos años gozosos de paz porque todavía niños sentimos cerca la guerra.

Belle époque, ¿qué diría de este nombre? La traducción literal no existe: -“¿los bellos años?”- una expresión francesa que ha cristalizado así. La empecé a oír en mi primera infancia.

Francia había mantenido una guerra contra Alemania, la guerra francoprusiana que logró la unidad germana. Los franceses abatidos perdieron Alsacia y Lorena. Cae el Imperio de Napoleón III y de su mujer, Eugenia de Montijo, la granadina que ocupó Versalles y a la que se le han dedicado cantares. Es bonito cantar para recordar la historia:< “Eugenia de Montijo qué pena, pena, que te marches de España para ser Reina…”

En Francia empieza la III República, ya nunca más habrá imperio, ni reyes. Esto ocurrió alrededor de 1870. Pero el país resurgió y llegó una etapa pacífica, sin problemas, por lo menos de forma externa, porque por dentro la política, como siempre, enreda y los enredos estallan. En aquellos años París marcaba la moda y las tendencias en el arte. Todo europeo tenía “su meca” en París. La expresión “Belle époque“, cuajó y cruzó las fronteras, pero no se tradujo. Era Europa la que vivía unos años felices, fomentados también por el colonialismo inglés, francés, alemán… Había una gran conciencia de orgullo nacional.

En España corrían los años de la Restauración con Alfonso XII. Sí hubo una cierta “belle époque“, aunque a finales de siglo sufrimos la pérdida de las colonias. Con la última, Cuba, terminó nuestro sueño americano de dominio. Y comenzó otro, el de los emprendedores que buscan fortuna. Una gran mayoría lo vivimos de cerca.

San Sebastián, puente del antiguo Gran Kursaal

San Sebastián, mi ciudad, es una ciudad “belle époque“, con aire romántico. El paseo de los Fueros, donde he vivido tantos años, tiene algo de ensueño. Y el Hotel María Cristina, el Teatro Victoria Eugenia, el antiguo Kursaal. Una parte importante de la ciudad, con mucho carácter, es de esa época.

La guerra del 14 dicen que empezó de forma imprevista: el atentado de Sarajevo que costó la vida al heredero del imperio austrohúngaro fue el detonante y estallaron las codicias políticas. Se hacían y deshacían alianzas. No tenía que haber comenzado y sin embargo la Grand Guerre fue la primera mundial. “Nous avons perdu la belle époque” , decían los franceses. Con ellos la había perdido Europa.

vuelvo la visVta atrás y veo que ha sido una constante en mi vida, sufrir la guerra, de cerca o de lejos. La del 14; la revolución de Rusia; la del Norte de Africa, la segunda guerra mundial, los frentes de Oriente donde América perdió tanta juventud. Y la guerra fría, que dividía a Europa y al mundo, con una inestabilidad creciente. Y después de la caída del muro de Berlín, el nacionalismo de los Balkanes, los conflictos árabes/israelíes…

Y ¡no es que me haya olvidado!: la que libramos en España. La que me tocó vivir en primera persona en los primeros años de mi matrimonio. También la guerra truncó mi “belle époque“.

Al fondo nuevo Kursaal del siglo XXI

Hoy, 11 de septiembre de 2001, veo claro -con los ojos del alma- que el siglo XXI no llega precisamente con aquello que a principios del XX, se llamó “belle époque“. Fue un sueño corto, muy fugaz, que albergaba una amenaza desconocida para una sociedad despreocupada. Y en ese sueño bonito me tocó nacer, ¿qué me reserva la historia para este final de mi vida, para esta década, que yo considero añadida, del siglo XXI?.