De la Bèlle Époque a las Torres Gemelas

Así eran las Torres Gemelas

El día 11 de septiembre del 2001 yo era una más de los millones de telespectadores que a las tres de la tarde estábamos pendientes del telediario. Una más, y a la vez distinta, porque desde hace años me faltan la vista y el oído. Para defenderme suplo la vista con una fuerte imaginación, y he cultivado la memoria. Eso me permite retener imágenes e ideas en la cabeza para pensar.

Después de comer, con los cascos inalámbricos, me quedo sola, frente a la televisión mientras el resto de la familia come en casa de mi hija mayor que vive en el piso de abajo. Tengo que reconocer que me encantan estos momentos de calma. La soledad no me asusta, la considero en muchos momentos necesaria.

Pero ese día 11 de septiembre sentí angustia. Las noticias, dentro de la confusión, tenían un tinte dramático. La falta de vista hace detectar con precisión los registros de voz:

-Ha caído una torre de Manhattan ¡Se descarta que sea atentado!

Pensé: Si se descarta, ¡hay que temerlo! ¿Qué era aquello? Me incorporé en la butaca y apreté los cascos.

-Otro avión vuela por el Cielo de Nueva York. Le hacen indicaciones y no hace caso. Se dirige a la otra torre… ¡Está viniéndose abajo!

Los que podían ver, lo tenían delante. Yo lo oía y en un momento reviví todas las guerras vividas. Me vino a los labios una oración que salía de no sé qué registro de mi memoria.

“…Así como al grito suplicante del Apóstol Pedro, “sálvadnos, Señor, que perecemos”, respondisteis piadoso, calmando la tempestad del mar, así ahora oíd nuestras suplicantes oraciones. Piedad de tantas madres privadas de sus hijos. Piedad de tantas familias privadas de sus jefes. Piedad de esta desgraciada Europa sobre la que sobrevienen tantas ruinas. Inspirad a los gobernantes y a los pueblos sentimientos de compasión…”

Me vi al lado de mi primo Ignacio, apenas cumplidos los siete años. Vivíamos nuestra primera experiencia de guerra. Desde 1914 hasta 1918, se rezó esta oración en todas las iglesias. Recuerdo el acento vasco del hermano Elícegui en los Jesuitas de San Sebastián. Ibamos los dos con mi tía Anita Lardizábal, madre de Ignacio y madrina mía. De camino hablábamos entre nosotros: “¿Habrá sermón hoy?”, porque la función -como entonces se decía- era siempre igual e incluía la oración por la guerra. El sermón, sin embargo, era facultativo y nosotros no sabíamos a qué se debía.

Seguía el sobresalto en la tele. Me asombraba recordar la oración. No bastaba rezar por Europa. La amenaza era para el mundo.

La tarde del 11 de septiembre de 2001 quedó marcada por las noticias de la televisión, por las imágenes que sin ver imaginaba, por el terrible desafío a un mundo que se creía libre.

Yo, desde la angustia del presente, volvía a mi belle époque, al trance en que empezamos a perder esos años gozosos de paz porque todavía niños sentimos cerca la guerra.

Belle époque, ¿qué diría de este nombre? La traducción literal no existe: -“¿los bellos años?”- una expresión francesa que ha cristalizado así. La empecé a oír en mi primera infancia.

Francia había mantenido una guerra contra Alemania, la guerra francoprusiana que logró la unidad germana. Los franceses abatidos perdieron Alsacia y Lorena. Cae el Imperio de Napoleón III y de su mujer, Eugenia de Montijo, la granadina que ocupó Versalles y a la que se le han dedicado cantares. Es bonito cantar para recordar la historia:< “Eugenia de Montijo qué pena, pena, que te marches de España para ser Reina…”

En Francia empieza la III República, ya nunca más habrá imperio, ni reyes. Esto ocurrió alrededor de 1870. Pero el país resurgió y llegó una etapa pacífica, sin problemas, por lo menos de forma externa, porque por dentro la política, como siempre, enreda y los enredos estallan. En aquellos años París marcaba la moda y las tendencias en el arte. Todo europeo tenía “su meca” en París. La expresión “Belle époque“, cuajó y cruzó las fronteras, pero no se tradujo. Era Europa la que vivía unos años felices, fomentados también por el colonialismo inglés, francés, alemán… Había una gran conciencia de orgullo nacional.

En España corrían los años de la Restauración con Alfonso XII. Sí hubo una cierta “belle époque“, aunque a finales de siglo sufrimos la pérdida de las colonias. Con la última, Cuba, terminó nuestro sueño americano de dominio. Y comenzó otro, el de los emprendedores que buscan fortuna. Una gran mayoría lo vivimos de cerca.

San Sebastián, puente del antiguo Gran Kursaal

San Sebastián, mi ciudad, es una ciudad “belle époque“, con aire romántico. El paseo de los Fueros, donde he vivido tantos años, tiene algo de ensueño. Y el Hotel María Cristina, el Teatro Victoria Eugenia, el antiguo Kursaal. Una parte importante de la ciudad, con mucho carácter, es de esa época.

La guerra del 14 dicen que empezó de forma imprevista: el atentado de Sarajevo que costó la vida al heredero del imperio austrohúngaro fue el detonante y estallaron las codicias políticas. Se hacían y deshacían alianzas. No tenía que haber comenzado y sin embargo la Grand Guerre fue la primera mundial. “Nous avons perdu la belle époque” , decían los franceses. Con ellos la había perdido Europa.

vuelvo la visVta atrás y veo que ha sido una constante en mi vida, sufrir la guerra, de cerca o de lejos. La del 14; la revolución de Rusia; la del Norte de Africa, la segunda guerra mundial, los frentes de Oriente donde América perdió tanta juventud. Y la guerra fría, que dividía a Europa y al mundo, con una inestabilidad creciente. Y después de la caída del muro de Berlín, el nacionalismo de los Balkanes, los conflictos árabes/israelíes…

Y ¡no es que me haya olvidado!: la que libramos en España. La que me tocó vivir en primera persona en los primeros años de mi matrimonio. También la guerra truncó mi “belle époque“.

Al fondo nuevo Kursaal del siglo XXI

Hoy, 11 de septiembre de 2001, veo claro -con los ojos del alma- que el siglo XXI no llega precisamente con aquello que a principios del XX, se llamó “belle époque“. Fue un sueño corto, muy fugaz, que albergaba una amenaza desconocida para una sociedad despreocupada. Y en ese sueño bonito me tocó nacer, ¿qué me reserva la historia para este final de mi vida, para esta década, que yo considero añadida, del siglo XXI?.